4 tipos de fósiles y sus características

Los fósiles son necesarios para reconstruir la filogenia y evolución de los seres vivos tanto actuales como pasados. Gracias a ellos, sabemos qué organismos habitaron la Tierra hace miles de años.
4 tipos de fósiles y sus características
Miguel Mata Gallego

Escrito y verificado por el biólogo Miguel Mata Gallego el 24 marzo, 2021.

Última actualización: 24 marzo, 2021

Si escarbamos en las profundidades de la Tierra, podemos encontrar diversos fósiles que nos proporcionan una mirada única al pasado. Rastros de huellas, conchas o huesos que han sufrido un proceso de mineralización nos permiten saber cómo vivían los diferentes animales —y plantas— hace millones de años.

Mas allá de esta premisa general, ¿sabes cuáles son los diferentes tipos de fósiles? ¿Qué características tienen? ¿Qué pistas nos proporcionan sobre el pasado y cómo se formaron? Responderemos a todas estas preguntas sobre los fósiles en las siguientes líneas.

El proceso de fosilización: de orgánico a piedra

Un fósil es cualquier resto o señal de la actividad de animales o plantas del pasado que quede impregnado en las rocas terrestres. Los tipos de fósiles son muy variados, ya que son muchas las señales de actividad biológica que pueden quedar marcadas: desde huellas —pasando por huesos o conchas— hasta eventos de naturaleza química.

El proceso de fosilización es el conjunto de reacciones químicas que hacen que un resto animal pueda conservarse. Aunque estos mecanismos son tan variados como tipos de fósiles que existen, en general podemos resumir la fosilización de la siguiente manera:

  1. Las partes blandas del animal se descomponen.
  2. El esqueleto o concha del animal queda enterrado bajo sedimentos —rocas sedimentarias, aquellas procedentes de la erosión que se depositan poco a poco, principalmente arcillas—.
  3. El resto fósil se mineraliza. En este punto, los segmentos de huesos o conchas pasan a ser materia mineral, que se conservará durante millones de años.
  4. El resto fósil se entierra, mientras nuevas capas de rocas van superponiéndose encima de él.
  5. Los movimientos geológicos o las excavaciones humanas devuelven el fósil a la superficie.
Un fósil de ammonites.

1. Icnitas: las huellas del pasado

Las icnitas o icnofósiles son uno de los tipos de fósiles más conocidos por los paleontólogos, los científicos dedicados al estudio de los fósiles. Estos engloban a todo tipo de huellas o rastros de presencia que hayan dejado los animales del pasado. Comprenden desde las enormes y majestuosas huellas de dinosaurios hasta los humildes rastros de paso de trilobites.

Las huellas de animales —particularmente de organismos grandes y complejos como los dinosaurios u otros vertebrados— pueden decirnos muchas cosas sobre cómo vivían. Por ejemplo, estas formaciones son capaces de darnos pistas sobre su tamaño, su peso, su forma de desplazarse y otras características.

Los paleontólogos clasifican las icnitas en diversos taxones según la forma y características del fósil. Debido a esto, existen varios tipos de icnofósiles generados por una sola especie. Este es el caso de los trilobites, que generan fósiles debido a sus desplazamiento (Cruziana), así como otros asociados a su excavación de galerías (Cheiichnus).

Estas huellas pueden conservarse perfectamente al aire libre, razón por la cual son un enorme atractivo turístico de muchas zonas. Podemos encontrar rutas para ver huellas de dinosaurios en Enciso (La Rioja), la provincia de Burgos o en el conocido como Museo del Jurásico de Asturias (MUJA). Todas estas ubicaciones se encuentran en España.

2. Macrofósiles: esqueletos convertidos en piedra

Los macrofósiles son todos aquellos fósiles que se pueden ver a simple vista. En este apartado, nos centraremos en los esqueletos y conchas mineralizadas, que son los tipos de fósiles más conocidos y espectaculares.

Existen numerosos ejemplos de fósiles de esqueletos mineralizados: los huesos de dinosaurio, restos de peces antiguos, restos de las primeras aves o mamíferos, etc. Algunos de estos huesos pueden estar increíblemente conservados, de tal forma que vemos esqueletos casi completos.

Algunos de estos esqueletos conservados en piedra pueden ser increíblemente grandes: es el caso del Titán de la Patagonia (Patagonian mayorum) que pesaba ni más ni menos que 70 toneladas y podía medir 40 metros de longitud.

3. Pseudofósiles: restos químicos de vidas pasadas

Los pseudofósiles son patrones visuales en rocas, producidos por procesos geológicos, que se asemejan a formas propias de animales o plantas. Un ejemplo clásico son las dendritas de pirolusita, formadas por óxido de manganeso, que parecen restos de plantas. Sin embargo, los científicos han demostrado que se tratan de huellas químicas producidas por bacterias.

Otro ejemplo muy conocido son los estromatolitos, formados por restos de actividad de algunas bacterias. En Groenlandia, se han encontrado estromatolitos de 3700 millones de años de antiguedad: son considerados como la primera señal geológica de la vida en la Tierra.

4. Fósiles viviventes: sobrevivientes de épocas pasadas

Los fósiles vivientes no son restos fósiles, pero es importante datarlos para comprender la historia evolutiva de las especies. Se conocen como fósiles vivientes a todas aquellas especies vivas hoy día que también se encuentran en registros fósiles de épocas muy antiguas. Son, por tanto, animales y plantas que conservan estructuras corporales muy antiguas.

El ejemplo más conocido de fósil viviente es el Celacanto, un animal hallado en fósiles de 70 millones de años de antiguedad. A pesar de ello, se encontraron ejemplares de celacantos vivos en 1938 en las costas de África, hecho que demostró que su linaje no estaba extinto.

Ejemplo de los dinosaurios más antiguos.

Como hemos podido ver en estas líneas, existen muchos tipos de fósiles en la Tierra, dependiendo de cómo se formasen o el tipo de animal que se tratase. Sin embargo, aún existen muchos fósiles por descubrir en las profundidades de nuestro planeta, así que la paleontología aún puede depararnos sorpresas.

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