El virus de la leucemia felina: causas, síntomas y tratamiento

Aitana Bellido · 12 enero, 2018
La principal forma de contagio del virus de la leucemia felina es el contacto con fluidos corporales de otro gato infectado; puede ser mortal

Entre un 2 y un 15 % de la población felina mundial contraerá esta enfermedad en algún momento de su vida y, en muchas ocasiones, sin que sus dueños lo sepan.

Conocer las causas y los síntomas de una enfermedad transmisible, y que puede llegar a ser mortal, es esencial para garantizar su prevención y tratamiento.

El retrovirus de la leucemia felina

Un retrovirus se compone de ARN monocatenario. Este virus se replica gracias a la acción de una enzima denominada transcriptasa inversa, que posibilita la conversión de ARN en ADN para su posterior introducción en el ADN de la célula huésped. Una vez implantado, el virus podrá multiplicarse.

La principal forma de contagio del virus de la leucemia felina es el contacto con fluidos corporales de otro gato infectado. Si un gato muerde a otro, o entra en contacto con su saliva, orina o heces, el contagio es inmediato. Una madre también infectará a sus crías a través de la leche materna.

Los gatos con mayor riesgo de infección son aquellos expuestos a la influencia de otros infectados. Este caso es bastante común en aquellos felinos que escapan de casa y socializan con otros gatos callejeros, o simplemente en hogares donde conviven animales que aún no han sido diagnosticados.

Principales síntomas

La enfermedad empieza a manifestarse meses e incluso años después de haber contraído la infección, razón por la que es habitual que los dueños no reparen en ella hasta que es demasiado tarde o hasta que el infectado ha contagiado a más animales. Durante sus fases iniciales se pueden observar los siguientes síntomas:

  • Pérdida de apetito
  • Bajada de peso progresiva
  • Presencia de nódulos linfáticos de mayor tamaño
  • Pelaje sin brillo y con falta de pelo
  • Fiebre persistente
  • Encías y mucosas pálidas
  • Gingivitis, o inflamación de las encías, así como gastroenteritis
  • Infecciones en el tracto urinario, la piel y la parte superior del aparato respiratorio
  • Convulsiones, cambios de comportamiento y demás trastornos neurológicos
  • Enfermedades de la vista
  • Aborto espontáneo y otros problemas en el aparato reproductor

Diagnóstico

Para su diagnóstico, los veterinarios suelen llevar a cabo dos analíticas que detectan la presencia de un componente proteico del virus denominado FeLV P27.

La primera de ellas, denominada ELISA, en sus siglas en inglés, suele utilizarse como primera prueba de detección. Una localización temprana va de la mano con chequeos periódicos en el veterinario.

Si esta primera prueba resulta positiva, se realiza la segunda analítica, denominada IFA, en sus siglas en inglés, que confirma el diagnóstico y determina el estadio de la enfermedad. Esta última prueba detecta la presencia de partículas virales en los linfocitos, lo cual suele darse cuando la patología está en fase avanzada. 

Tratamiento y prevención

Hoy en día, no existe una cura definitiva. Se conocen ciertas terapias que han probado tener éxito en la reducción de la cantidad de partículas virales en el torrente sanguíneo. Sin embargo, tal y como suele suceder con los principales tratamientos contra el cáncer, sus efectos secundarios pueden ser devastadores.

La única forma de garantizar el bienestar de nuestro gato es solicitar al veterinario cuidados paliativos que contrarresten los síntomas de la afección, en caso de que la contraiga, o prevenirla si está sano. Una forma de conseguir esto es mantener al gato protegido en el interior de la casa, donde no corra el riesgo de ponerse en contacto con animales infectados.

Existe una vacuna relativamente efectiva, pero no definitiva, que puede tranquilizar a los dueños que sepan con antelación que existen ejemplares infectados en las inmediaciones. Tenemos que tener en cuenta, sin embargo, que no es habitual encontrar a gatos vacunados, por lo que evitar una exposición temprana es esencial.