La historia de Pinto el Hachiko español

Antonia Tapia · 29 abril, 2015

Se cuentan muchas historias sobre perros que han seguido o buscado a sus amos atravesando grandes distancias -no solo espaciales, sino también temporales. A estos animales se los tiene por muy fieles y por crear vínculos muy fuertes en un corto periodo de tiempo, no solo con sus dueños, sino con quienes les muestran afecto y cuidados. Esta es la historia de Pinto, el Hachiko español.

Perros nobles y fieles

akita

Antes de hablar de Pinto, ¿quién fue Hachiko? Hachiko era un perro akita macho, de color blanco y que fue trasladado a los 2 meses de haber nacido de su natal Odate, al norte de Japón hasta Tokio, en donde vivía su nuevo dueño, el profesor del Departamento de Agricultura de la Universidad de Tokio, Ueno Hidesamuro.

Hidesamuro acostumbró a Hachiko a acompañarlo todos los días a la estación de trenes de Shibuya, desde donde viajaba a dar clases en la universidad, mientras su perro lo aguardaba en un parque, para volver a la estación por la tarde a esperar a su amo y así emprender juntos el regreso a casa.

Esto lo hicieron por casi dos años, desde 1923 cuando Hidesaumro recibió a Hachiko hasta el 21 de mayo de 1925, cuando muere a causa de un ataque al corazón en la universidad. Como todos los días, Hachiko fue a buscar a su amo, pero este no volvió.

Todos los días Hachiko volvía a la misma hora a la estación. Quienes conocían tanto a Hidesamuro como a su perro, trataron de instar al can a no volver, pero siempre regresaba a esperar la llegada de su amo. Sin importar el clima, el akita iba todos los días hasta que, el 7 de marzo de 1935 muere frente a la estación.

Los pobladores erigieron una estatua en su honor, misma que fue fundida en la Segunda Guerra Mundial para fabricar armamento, pero que al terminar el conflicto, fue colocada una nueva en su lugar. Todos los 8 de abril, la gente de Shibuya conmemora la fidelidad del perro, cuyos restos descansan junto a su amo en el cementerio Minami-Aoyama en Tokio.

¿Quién fue Pinto?

perro pide comida

La historia de Pinto no tiene un final tan trágico. Es más bien una historia con un final feliz. Un joven que vivía en las montañas tenía como única compañía a un perro pointer. Además tenía un amigo que lo visitaba en la montaña y con quien iba a cazar. Pinto los acompañaba en esas aventuras y los ayudaba a conseguir sus presas.

Pero llegó el día en que su dueño tenía que hacer el Servicio Militar y al no tener cómo cuidar a su perro, le pide a su amigo, padre de un par de niñas que cuide de su mascota en lo que él terminaba su compromiso con el país. El amigo acepta y el perro es llevado a la capital, a 80 kilómetros del pueblo donde vivía.

Como Pinto ya era adulto, el amigo pensó que le iba a costar mucho adaptarse. Además la familia de la capital nunca había tenido un perro, por lo que lo dejaban atado fuera de la casa por las noches y al tiempo le acondicionaron un almacén para que durmiera allí.

Cuando su dueño regresó a por él, una vez concluido su Servicio Militar ,volvieron juntos al pueblo. A los pocos días, Pinto estaba a la puerta del almacén de quienes habían cuidado de él. El dueño del almacén llamó a su amigo para contarle que su perro estaba ahí, por lo que fue a recogerlo.

A los pocos días sucedió lo mismo: Pinto recorrió los 80 kilómetros que separaban el pueblo de la capital para ir a casa del amigo del joven. Al darse cuenta de la situación, su dueño decidió lo mejor para su perro y se lo dejó a su amigo, sabiendo además de que le habían cuidado tan bien que por algo el perro volvía con ellos.

Su nueva familia lo acogió con gusto y alegría, ya que se habían encariñado mucho con el perro. Pinto, además, iba todas las tardes a esperar a las dos hijas de su nueva familia en el cruce de las vías del tren, para regresar con ellas a casa. Así lo hizo hasta su muerte.