¿Por qué hablan los loros?

Alba Muñiz · 18 mayo, 2015

Quizá el loro sea la mascota que más se acerca a cumplir la expectativa de algunos humanos: que los animales hablen su mismo idioma. Pero, en realidad, estas hermosas aves de la familia de los psitaciformes, tienen la capacidad de imitar la voz humana. Queda aún por demostrar si entienden o no lo que dicen.

Buscando respuestas a por qué hablan los loros

loros

Los loros –al igual que otras aves– tienen siringe, una membrana ubicada entre la tráquea y los bronquios  que les permite, con ayuda de dos cámaras, realizar dos sonidos simultáneamente. Aún careciendo de cuerdas vocales, estos sonidos pueden ser complejos. Además, tienen una lengua larga, que es la que les permite emitir voces. A través de pequeños movimientos, pueden dar forma al aire y diferenciar sonidos, de una manera muy similar a la del hombre.

Hasta hace un tiempo atrás se pensaba que los loros imitaban las sonoridades de su medio ambiente y que los machos tenían un repertorio más extenso para poder impresionar a las hembras. Sin embargo, en un artículo publicado en la revista Science se reveló que, en realidad, estas aves son seres sociales que se imitan unas a otras. Se arribó a esta conclusión luego de observar durante 24 años a un grupo de loros en estado salvaje en Venezuela.

Para explicarlo de una forma más o menos sencilla: emiten llamadas de contacto y las emplean para su cohesión social. Es como si los loros pronunciaran sus propios “nombres” y los “nombres” de sus compañeros. Más aún, los espectrogramas de los sonidos emitidos por estas aves mostraron que tienen marcas que permiten identificarlos como miembros del grupo, algo así como los “apellidos” comunes a todos.

Se comprobó también que los padres utilizan un llamado distintivo para sus crías y que estas lo aprenden cuando tienen entre 3 y 4 semanas. Estas llamadas son utilizadas por el loro para, tras ciertas modificaciones, construir su “nombre propio.” Además, la identificación sonora permite a padres e hijos encontrarse con relativa facilidad en un grupo grande de aves.

El ornitólogo Karl Berg, de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), intentó demostrar que estas llamadas no son innatas, que se aprenden.
Por tal motivo, cambió animales recién nacidos de un nido a otro y así observó que las crías adquirían los “rasgos” del habla de los padres adoptivos.

Todo parece indicar que los padres facilitan una información básica y que cada polluelo incorpora luego modificaciones para conseguir una llamada propia. Además, se piensa que los integrantes de una familia se reconocen luego de abandonar el nido.

Un loro en casa

loro gris africano 3

Si en un ambiente salvaje los loros aprenden a comunicarse con sus pares imitando los sonidos que escuchan, cuando están en cautiverio, reproducen los sonidos emitidos por sus dueños. Por eso hablan, en el sentido humano de la palabra. Pero no nos sintamos exclusivos. También emulan a perros, gatos y a cualquier otro animal doméstico. E incluso recrearán los sonidos del timbre de la calle o del teléfono.

Se cree que, en un entorno doméstico, estas aves pueden usar la habilidad de repetir sonidos humanos como una acción de estímulo-respuesta. El animal percibe que, con estas imitaciones, consigue una réplica positiva que se traduce principalmente en comida o atención. Faltaría comprobar si las palabras que repiten tienen algún significado para ellos. Ningún estudio parece haberlo comprobado hasta el momento.

Pero, más allá de estas investigaciones, los loros son unas criaturas muy inteligentes. Bastará con que dediques tiempo a observarlos para darte cuenta de su “coeficiente intelectual”, por llamarlo de alguna manera.

Y, entiendan o no lo que dicen, en un par de años pueden aprender entre 200 y 250 palabras que son capaces de utilizar en los momentos apropiados. El motivo puede ser que estas aves necesitan verse integradas en su nuevo grupo, al que creen pertenecer.

Pero, aunque nos cause un gran orgullo la capacidad de hablar como un humano que tiene nuestra emplumada mascota, recordemos siempre que existen otras formas de comunicación que van más allá de las palabras. Y que, a lo mejor, los animales también estén esperando que los humanos bajemos alguna vez del pedestal y aprendamos su lenguaje.