Tiburón águila: un fósil de 93 millones de años

El tiburón águila fue una criatura realmente singular. Sus aletas pectorales desproporcionadas son un aspecto nunca visto entre los tiburones.
Tiburón águila: un fósil de 93 millones de años
Francisco Morata Carramolino

Escrito y verificado por el biólogo Francisco Morata Carramolino el 27 Abril, 2021.

Última actualización: 27 Abril, 2021

Hoy en día, la mayoría de especies de tiburón son muy similares entre sí, con unos hábitos depredadores marcados y forma de torpedo. Un estudio publicado este año en la revista Science ha descrito una nueva especie, denominada como tiburón águila o Aquilolamna milarcae, cuya existencia indica que esto no siempre fue así.

Este extraño animal marino vivió hace 93 millones de años sobre el actual Vallecillo, en México. Los fósiles de este ser acuático se han preservado de manera excelente —lo que es muy raro para los tiburones— y muestran una morfología única.

El descubrimiento del tiburón anguila arroja nueva luz sobre la biodiversidad pasada de los elasmobranquios, habitantes de los mareas antes de que los seres humanos llegasen al planeta. Si quieres saber más sobre él, continúa leyendo.

Características del tiburón águila

Este antiguo condrictio destaca por su aspecto completamente inusual. A pesar de ser un tiburón, varias de sus características recuerdan a las mantas raya actuales.

El cuerpo de Aquilolamna es alargado, hidrodinámico y con forma de tubo, como ocurre en otros tiburones. También acaba en una aleta caudal heterocerca, que consiste en un lóbulo superior más largo y uno inferior más pequeño, ambos con forma triangular.

Sin duda, el aspecto más llamativo del tiburón águila son sus gigantescas aletas pectorales, que en los tiburones modernos son bastante pequeñas. Mientras que este animal medía 1,65 metros de cabeza a cola, la envergadura de sus aletas alcanzaba los 1,9 metros.

Estas aletas pectorales, delgadas y extremadamente largas, posiblemente acababan en punta. Recuerdan a una suerte de alas acuáticas, de ahí el nombre que ha recibido el animal.

Curiosamente, Aquilolamna no parece presentar el resto de aletas típicas de los tiburones. Este estudio, publicado en el la prestigiosa revista Science, no ha encontrado aletas dorsales —el característico triángulo en la espalda— ni aletas pélvicas, que estarían situadas por debajo y más cerca de la cola.

La cabeza de este animal es corta y roma, con una boca ancha, muy alejada de la cabeza puntiaguda que es más común a día de hoy. No se han encontrado dientes, lo que sugiere que no tenía o eran muy pequeños.

El tiburón águila recordaba a algunas rayas actuales.
El tiburón águila recordaba a algunas rayas actuales.

Modo de vida y evolución

Como ya se ha comentado, el aspecto de este animal recuerda al de las mantas raya actuales. Su ecología y modo de vida también eran tremendamente similares.

Es posible que el tiburón águila nadase moviendo las aletas en una especie de vuelo submarino, como hacen las mantas. También pudo nadar lentamente propulsándose con la cola. En este caso, las aletas pectorales serían únicamente estabilizadores motrices de gran tamaño.

Asimismo, la forma de la cabeza, ausencia de dientes y natación lenta indican que este animal no era un depredador. El tiburón águila se alimentaba mediante filtración, ya que abría la boca para tragar grandes cantidades de plancton, como hacen los tiburones ballena, peregrinos y, por supuesto, las mantas raya.

A pesar de las similitudes, el tiburón águila no estaba emparentado con las mantas ni otros batoideos. Este es un ejemplo de convergencia evolutiva: ambos organismos son parecidos y ocupan el mismo nicho ecológico, pero llegaron a este punto siguiendo caminos independientes.

Aquilolamna desapareció hace 66 millones de años, en la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Las mantas raya y otros condrictios filtradores comenzaron a aparecer en torno a 30 millones de años después. 

El descubrimiento del tiburón águila

Aquilolamna se encontró en 2012 en las canteras de calizas de Vallecillo, en México. Estas zonas son famosas a nivel arqueológico, ya que albergan una gran cantidad de fósiles impresionantes.

Curiosamente, este fósil conserva la mayoría del esqueleto, pero no los dientes. Lo habitual entre los tiburones es justo lo contrario: solo los dientes suelen fosilizar, ya que son las únicas partes óseas. El resto del esqueleto es cartilaginoso y no suele preservarse.

Tanto es así que, a día de hoy, la taxonomía de los tiburones está basada en gran medida en los dientes. Como este espécimen no los presenta, es muy difícil determinar su clasificación exacta. Para averiguarla, serán necesarios estudios posteriores.

Por otro lado, este descubrimiento también indica que otros tiburones fósiles podrían ser más extraños de lo esperado. Como solo se conocen los dientes, es imposible adivinar el aspecto que tendrían en vida. Cabe destacar que hasta la apariencia de animales tan famosos como el megalodón es desconocida.

Una obtención dudosa

Aunque este artículo ha aportado información novedosa y muy significativa, también acarrea consideraciones éticas desagradables. El estudio de fósiles provenientes de países de bajo ingreso suele arrastrar prácticas colonialistas y explotadoras, algo muy mal visto en la sociedad actual desde un punto de vista ético y moral.

Estos países han implementado leyes para combatir dichas prácticas y evitar el expolio de su patrimonio cultural y paleontológico. Aun así, un mercado negro muy lucrativo que trafica con fósiles ha surgido como respuesta a estas prohibiciones.

Algunos autores indican que el fósil del tiburón ballena podría haberse obtenido de manera dudosa, mediante el aprovechamiento de vacíos legales, la violación de códigos éticos y prescindiendo de la colaboración con científicos nativos. Sin duda, esto pone en evidencia la parte más oscura de la paleontología en occidente.

Un fósil azul de un pez.

Sea como fuere, el descubrimiento de este animal ha supuesto una revolución para la comunidad científica en el ámbito de la evolución. Su existencia pone en evidencia que, realmente, sabemos muy poco del modo de vida y aspecto de los peces que antaño habitaron nuestros mares.

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