Fidelidad a prueba en los peores momentos: mendigos con sus perros

Una vez que un perro crea una relación con su dueño, su lealtad es indestructible. A diferencia de los hombres, los perros no juzgan a aquellos que caen en desgracia o se quedan sin hogar. Ellos siempre demuestran su cariño por sus dueños y ponen su fidelidad a prueba en los peores momentos.

Por regla general, los cachorros de perro son animales que inspiran mucho cariño y ternura. Y si se los llega a ver demostrando su lealtad y totalmente inseparables de sus amos, son muchísimo más tiernos. Pues todavía inspiran más amor y dan un ejemplo de comportamiento, si el amo es un habitante de la calle, es decir; si fuese una persona que no tiene un lugar fijo para vivir, que se ve en la penosa obligación de vivir por unas noches debajo de un puente, en la banca de un parque o en la esquina de un semáforo.

Las mascotas de esas personas no los desamparan, ni aunque se encuentren en las peores condiciones de hambre y frío. Viven con ellos, pasan frío con ellos, sienten hambre con ellos. La lealtad de estos animales proporciona compañía, calor y sobre todo, una sensación de que la persona no está sola en el mundo, que es un ejemplo y da lecciones de grandeza para cualquier ser humano.

El perro es el mejor amigo del hombre, y lo demuestra amando a su dueño por encima de todo, sin tener en cuenta el dinero o la situación económica de sus amos. Quedándose con su dueño en cualquier situación, le demuestra su cariño y compañía de forma incondicional. De esta forma, las mascotas ofrecen una ayuda vital a las personas sin hogar y además, les protegen de los muchos peligros que tiene el vivir en la calle.

Historias de compañía y amor de mendigos con sus perros hay muchas, sin embargo, aquí os introducimos una muy conmovedora, la historia de Serafín y Moteado:

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“Serafín era un viejo mendigo que deambulaba por las calles de la ciudad.  A su lado, su fiel escudero, un perro callejero que atendí por el nombre de Moteado. 

Serafín no pedía dinero.
Aceptaba siempre un pan, un plátano, un pedazo de torta o un almuerzo hecho con las sobras de comida de los más ricos.

Cuando su ropa ya no daba para más, siempre era socorrido por algún alma caritativa.  Cambiaba su apariencia y era el blanco de las bromas.

Serafín era conocido como un hombre bueno, que había perdido la razón, la familia, los amigos e incluso la identidad.

No bebía bebida alcohólica, estaba siempre tranquilo, incluso cuando no había recibido ni un poco de comida.

Decía siempre que Dios le daría un poco en la hora precisa, y siempre en la hora que Dios determinaba, alguien le regalaba una porción de alimentos.

Serafín agradecía con reverencia y oraba a Dios por la persona que lo ayudaba.

De todo lo que le daban o encontraba, le daba primero a Moteado  que paciente, comía y se quedaba esperando por un poquito más.
No tenían donde dormir; en donde anocheciera, ahí dormían. Cuando llovía, buscaban abrigo debajo del puente, y ahí el mendigo quedaba meditando con la mirada perdida en el horizonte.

Aquella figura me dejaba siempre pensativo, pues yo no entendía aquella vida vegetativa, sin progreso, sin esperanza y sin un futuro prometedor.

Cierto día, con la disculpa de ofrecerle unos plátanos fui a conversar un poco con el viejo Serafín.
Inicié la conversación hablando de Moteado, le pregunté qué edad tenia el perro, cosa que Serafín no sabía. Decía no tener idea, pues se encontraron un día cuando ambos andaban por las calles y me dijo:

Nuestra amistad comenzó con un pedazo de pan.  El parecía estar hambriento, yo le ofrecí un poco de mi almuerzo y él lo agradeció moviendo el rabo.  Desde entonces no me ha abandonado.  El me ayuda mucho y yo le retribuyo esa ayuda siempre que puedo.

Curioso, pregunté:
¿Como se ayudan ustedes?.
El me vigila cuando estoy durmiendo; nadie puede acercarse, porque él ladra y ataca. También cuando él duerme, yo quedo vigilando para que otro perro no lo incomode.

Continuando la conversación, pregunté:
Serafín, ¿usted tiene algún deseo en la vida?.
, respondió él – tengo deseos de comer un perrito caliente, de aquéllos que Teresa vende allí en la esquina.

– ¿Solo eso? – le dije.

Sí, en este momento es sólo eso lo que deseo.

–   Pues bien, voy a satisfacer ahora ese gran deseo.

Salí y compré un perrito caliente para Serafín.  Regresé y se lo entregué. El abrió sus ojos, me dio una sonrisa, agradeció el regalo y enseguida sacó la salchicha, se la dio a Moteado y él se comió el pan con el aderezo.

No entendí aquel gesto del mendigo, pues imaginaba que la salchicha era el mejor pedazo.

No me contuve y le pregunté intrigado:
¿Por qué usted le dio a Moteado la salchicha?.

El con la boca llena respondió:
Para el mejor amigo, ¡el mejor pedazo!.

Y continuó comiendo, alegre y satisfecho.

Me despedí de Serafín, pasé la mano por la cabeza de Moteado y salí pensando…

Aprendí que es bueno tener amigos. Personas en quien podamos confiar.
Por otro lado, es bueno ser amigo de alguien y tener la satisfacción de ser reconocido como tal.

Jamás olvidaré la sabiduría de aquel ermitaño: “PARA EL MEJOR AMIGO, ¡EL MEJOR PEDAZO!“.

 Autoria: Innocêncio de Jesús Viégas

Traduccion: Neny Garcia

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En las fotografías hemos mostramos en imágenes lo que se plantea en los párrafos de este artículo. Los protagonistas de esta galería son personas, que de una manera u otra, son ignorados por la sociedad y la cotidianidad, sin embargo, para sus canes son lo más importante, y les ofrecen un apoyo esencial. Es inevitable darse cuenta de la tristeza y el dolor que hay en sus miradas, pero tanto dueños como animales saben que gozan de la mejor de las compañías, que están juntos en lo bueno y en lo malo, procurando que el otro no pase grandes penurias y agradeciéndose la compañía.